Venecia tiene la fama inmerecida de ser una ciudad prohibitiva y saturada durante la mayor parte del año. Sin embargo, basta con alejarse cincuenta metros de la masa de visitantes que se agolpa entre el Puente de Rialto y la Plaza de San Marcos para descubrir un laberinto silencioso y fascinante. Viajar a la ciudad de los canales con una perspectiva inteligente permite disfrutar de su arquitectura única a un ritmo pausado y con un presupuesto razonable.
Los bacari tradicionales frente a la comida rápida
Para comer bien en Venecia no hace falta reservar en restaurantes con manteles de hilo ni caer en los menús turísticos del centro. Los bacari son pequeñas tabernas locales donde los venecianos se reúnen al caer la tarde para tomar un vino tinto o un spritz acompañado de cicchetti, que son pequeñas tapas artesanales de bacalao mantecado o marisco fresco. Recorrer dos o tres de estas tabernas en el barrio de Dorsoduro ofrece una cena espectacular por un importe muy inferior al de un restaurante convencional.
Cruzar el Gran Canal con el traghetto público
Alquilar una góndola privada para dar un paseo por los canales principales puede costar una cifra considerable en los horarios punta. Una alternativa auténtica y frecuentada por los propios residentes es el traghetto, una góndola colectiva de gran tamaño que cruza el Gran Canal en puntos estratégicos donde no existen puentes cercanos. El trayecto dura apenas unos minutos, pero ofrece la misma perspectiva acuática sobre la ciudad por un importe simbólico.
La calma matinal en el sestiere de Cannaregio
El verdadero secreto para enamorarse de Venecia es cambiar el ritmo diario de visita saliendo a caminar al amanecer. A las siete de la mañana, cuando la niebla se levanta sobre las aguas de Cannaregio, la ciudad pertenece a las barcas de reparto y a los artesanos locales. Es la hora idónea para tomar un café en la barra de una pastelería histórica sin colas y admirar la luz dorada reflejada en las fachadas góticas antes de que abran los grandes museos.
